sábado, 14 de enero de 2012

Mujeres bolivianas pelean como gallos y no gallinas

Mujeres bolivianas  pelean como gallos y no gallinas
Cobran entre 30 y 50 dólares por combate, no tienen asistencia sanitaria y se juegan la vida, a veces con sus hijos delante, en cada asalto. Los espectadores de El Alto, ciudad dormitorio de La Paz, pagan un euro por ver a mujeres indígenas aimaras –raza del presidente Morales– golpearse con “occidentalizadas” hasta límites crueles.
La “cholita” Carmen Rosa –de pie y sobre su compañera, Julia, “la Paceña”– controla con sus piernas a sus dos rivales “occidentalizadas” durante una dura lucha de dos contra dos.
La “cholita” Carmen Rosa –de pie y sobre su compañera, Julia, “la Paceña”– controla con sus piernas a sus dos rivales “occidentalizadas” durante una dura lucha de dos contra dos.

Carmen Rosa (izqda.) y Julia “la Paceña” (dcha.) castigan a sus adversarias Jennifer “Dos Caras” y Ana “la Vengadora”, respectivamente.
Carmen Rosa (izqda.) y Julia “la Paceña” (dcha.) castigan a sus adversarias Jennifer “Dos Caras” y Ana “la Vengadora”, respectivamente.

El rostro de Jennifer “Dos Caras” muestra, ya fuera del cuadrilátero, las secuelas del combate. El árbitro del encuentro la descalifica por abandono.
El rostro de Jennifer “Dos Caras” muestra, ya fuera del cuadrilátero, las secuelas del combate. El árbitro del encuentro la descalifica por abandono.

Carmen Rosa –con sangre propia en su rostro y de sus contrincantes en la ropa– recibe el cinturón oficial que la identifica como “Campeona de los Titanes del Ring”.
Carmen Rosa –con sangre propia en su rostro y de sus contrincantes en la ropa– recibe el cinturón oficial que la identifica como “Campeona de los Titanes del Ring”.
Por Mercedes Ibaibarriaga Fotografías de Christian Lombardi

La música rock suena a todo volumen. Es tan fuerte, que apaga los gritos y pataleos del público. Ana la Vengadora se ríe y canta. Cuanto más la odien, mejor. Una mujer le da un refresco. Vengadora se lo tira a la cara. Alguien la insulta. Ella insulta el triple a todos los espectadores, y recibe una lluvia de botellas de plástico, huesos de pollo y cáscaras de naranja. La gastada colchoneta del ring, una funda rellena de trapos y lana de cuatro centímetros de espesor, se llena de desperdicios que el árbitro aparta. En una esquina, Carmen Rosa espera furiosa, con sus galas de chola (india aimara mestiza): chal, manoletinas, pollera (falda con enaguas) y bombín de fieltro sobre dos largas trenzas. El atuendo que miles de mujeres bolivianas lucen desde el siglo XVII. No puede permitir que Vengadora y sus mallas de lycra al estilo gringo humillen lo que ella significa: el orgullo indígena, la mujer campesina que no ha cambiado sus costumbres por emigrar a la ciudad.
El ring más elevado del planeta –en el frío Hangar Multifuncional de la ciudad obrera de El Alto, a 4.100 metros de altitud– reúne los domingos a cientos de espectadores deseosos de ver sangre por sólo un euro. Sin reglas. Vale todo. Vengadora araña y muerde a Carmen Rosa, la arrastra de las trenzas, le da en la cabeza con un palo, la lanza fuera del cuadrilátero, levanta de su asiento a un espectador y machaca a sillazos a la cholita. El asunto se resuelve en una esquina sin público, porque los asistentes han huido despavoridos. Contra todo pronóstico, Carmen Rosa, 36 años y vendedora de artesanías, resurge, apalea a Vengadora y se proclama Campeona de los Titanes del Ring.
Sus angustiados niños pequeños, presentes en el combate, respiran al ver a su madre levantar, por fin, el cinturón rojo que la convierte en la más dura. Vengadora, 32 años y cantante de rancheras, rumia su amargura en el camerino, mientras calma las heridas con pasta de hojas de coca macerada en alcohol y un ungüento de cola de lagarto. Lleva peleando desde los 15 años, es la pionera. Asegura que la final está amañada porque «nadie en El Alto hubiera aceptado que una indígena de pollera quedara en ridículo ante otra compañera occidentalizada».
Por su lado, Carmen Rosa convierte su victoria en un símbolo: «Hay que llevar muy alto el nombre de los indígenas aimaras, porque siempre nos han denigrado y humillado. Yo no me avergüenzo de serlo, ni de hablar mi lengua».
Votantes de Evo. El Alto, ciudad dormitorio vecina a La Paz, se formó con la emigración campesina y minera del altiplano andino. Casi toda su población (800.273 habitantes) habla aimara o lo tiene como idioma materno. El 60% de los habitantes carece de servicios básicos y un 15% es analfabeto. No hay alumbrado público en el 80% de las calles. Fue uno de los graneros electorales del presidente indígena Evo Morales: más del 81% de la población votó por él en las elecciones del pasado diciembre, después de que las juntas vecinales lanzaran las marchas que bloquearon la capital y el aeropuerto internacional, claros mensajes de finiquito a los anteriores presidentes, Sánchez de Lozada (2002-2003) y Carlos Mesa (2004-2005).
Tienen fama de broncos; quizá por eso éste es el único lugar de Bolivia donde la lucha libre (surgida en los años 50) se ha mantenido como espectáculo fijo. El personaje de la chola peleona, introducido hace tres años para salvar el negocio, lo ha logrado.
Cuentan las luchadoras que han pedido al presidente apoyo en la promoción internacional de su particular show, pero Evo no muestra el mínimo interés por acudir. A Morales lo que le apasiona es el fútbol –ha montado su equipo de futbito y juega cada semana en distintos campos del país, aun a riesgo de que le rompan la nariz, como pasó hace un mes– y a las chicas se les va demasiado la mano. «En el ring, lo que vence es la rabia», confiesa Julia la Paceña, 29 años, ama de casa, luchadora cholita de pollera. «Con la desesperación por ganar y contentar al público, todo vale. Usamos latas para cortarnos, tablas, cajas para apalearnos. El árbitro suele estar de parte de las rudas (malas) y no de las técnicas (buenas). A veces, nos pega hasta él y no hay un compañero masculino que se meta a defendernos. No deberían darnos golpes bajos, ni maltratarnos los senos, pero se hace».
Salario. El organizador, que paga a las luchadoras entre 30 y 50 dólares por pelea, según se llene o no el aforo, no garantiza la asistencia hospitalaria y menos aún les proporciona un seguro de vida. «No medimos fuerzas y las caídas son muy duras. Yo rezo a Dios y dejo mi vida en sus manos», dice Esmeralda, 27 años, trabajadora en una fábrica de jerséis, luchadora occidentalizada, pero aliada de las cholas cuando surge la ocasión.
Estuvo a punto de quedarse paralítica después de que Carmen Rosa la lanzara desde el ring contra una tabla de madera. La sacaron inconsciente. Cuando el empresario dijo: «No queda más dinero para el hospital», ella tuvo que costearse la recuperación. Ya repuesta, debió enfrentarse en el cuadrilátero contra su marido, y venció. «Él me pegaba y yo le devolvía lo mismo con todas mis fuerzas. Durante el combate no hay ni amor ni amistad ni lástima. Después me vi el cuerpo lleno de magulladuras y me asusté. Nos fuimos a casa a cuidar de los niños, igual que otras veces me he ido a comer helados con la Paceña y Carmen Rosa después de abrirnos la cabeza. ¿De qué tengo miedo? Solo de mí misma».




1 comentario:

patricia dijo...

Dios que fuerza tienen